¿El agua será el nuevo Louis Vuitton?

 

Tradicionalmente, el lujo se asociaba con bienes visibles que proyectaban éxito social. Sin embargo, para los sectores de mayor poder adquisitivo, el nuevo lujo consiste en anticipar la escasez. Ya no basta con vivir frente a una laguna; el objetivo actual es poseer el recurso, controlarlo y garantizar su abastecimiento privado ante un futuro de estrés hídrico. Sobre el perfil del "nuevo rico" se distinguen dos mentalidades, el rico tradicional que busca exhibir su posición mediante marcas y bienes de consumo. Y el nuevo rico (o visionario) que busca asegurar el futuro. Es capaz de leer movimientos ambientales y geopolíticos antes de que las crisis se vuelvan evidentes para la clase media.

El agua está dejando de ser vista como un servicio público delegado al Estado para convertirse en un bien estratégico privado. Se valoran los desarrollos inmobiliarios con sistemas de captación, filtrado y almacenamiento propios. Se compara este fenómeno con lo que ocurrió en su momento con la sal o el cacao, bienes que pasaron de ser comunes a ser activos estratégicos que definieron fortunas. La transformación del agua en un objeto de lujo plantea una paradoja social: el bien más esencial para la vida se convierte en el máximo marcador de desigualdad. Mientras el debate público se centra en tarifas o infraestructuras deficientes, las élites ya están "patrimonializando" el recurso para obtener autonomía total. El verdadero lujo hoy no es lo que se muestra, sino lo que se protege. El agua ha dejado de ser un elemento del paisaje para convertirse en una estrategia de preservación de la calidad de vida frente a la incertidumbre climática.

 


Autor: Gonzalo Meschengieser. Fuente: Infobae, 08 de enero del 2026.